El Duelo de algunas y algunos

Durante estas jornadas de movilización social, son muchas las emociones que nos han surgido (y de seguro seguirán emergiendo). Hablo desde mí, pero también de lo compartido por mis pacientes, amigas, amigos, vecinos, familiares, etc. Rabia, miedo, ira, impotencia, alegría, esperanza y … pena.
Esta última, que la he escuchado repetidamente, incluso con lágrimas en los ojos de quien me la comparte, me ha quedado resonando… ¿Pena?

La pena, el dolor, surge cuando he perdido algo que era (subjetivamente) valioso para mí. [Y la rabia es una de las emociones agresivas reactivas (no decididas ni elegidas) que aparecen para protegerlas, para que aquello regrese a mis manos. La rabia la he visto en muchas y muchos en estos días. También en mí]. Se ha descorrido el velo, se ha levantando la alfombra, y hemos visto y sido conscientes, como sociedad, de todo aquello que escondimos y de lo que se nos ha despojado; material e inmaterial -en algunos, hasta de su dignidad.

Pero la pena de la que algunos me hablan… y que no son los más desprotegidos de nuestra comunidad, ¿de qué habla esa emoción? ¿de qué habla en mí? Por un lado, al mirar al otro, hacia los más despojados en estas décadas, nos lleva a
empatizar, sufrir con y por ellos, a dolernos con sus pérdidas: muertos esperando una operación; pérdidas de su casa por no tener cómo pagar el crédito; salarios insuficientes para pagar los alimentos, la educación; pensiones paupérrimas, humillaciones, etc.

También aparece en algunas y algunos, el dolor por los bienes públicos destrozados (metro, monumentos y edificios históricos). Nuestra historia simbolizada en éstos, barrida por el suelo. Sin embargo, percibo algo más en quienes me lo comparten. Se trata de otro dolor, con diferente “tonalidad”… aguzo la mirada, el oído… invito a una auto-exploración:

Si además de poner la mirada en el otro y sus tremendas pérdidas personales; si además de poner la mirada en los objetos perdidos y su significado; si la vuelco hacia mí… ¿qué me duele? ¿qué hay en mí que me hace doler? ¿Qué es lo que yo perdí, o he perdido? (además de lo mencionado antes) ¿Será que al ver y escuchar todo lo que hemos visto en estas semanas, se nos ha hecho más visible nuestra responsabilidad, nuestra ceguera, tras casi 30 años del fin de la
dictadura? ¿O desde hace 15 años, 10 años -los más jóvenes? ¿Dónde hemos estado todos estos años?

No escribo estas líneas a modo de (auto)enjuiciamiento, sino sólo para poder
comprenderme y comprender (paso necesario previo para una toma de posición y actuar). ¿Dónde, en qué estuve todos estos años?


El Duelo

¿Será que estamos, algunas y algunos, viviendo un duelo? ¡Sí, un duelo! Duelo por mí, duelo ante la consciencia, ante el despertar y ver donde NO ESTUVE. Lo
que NO HICE. Duelo por no haber hecho nada por proteger a los más desposeídos. Duelo por no haberme vinculado, acercado antes a ellos, a mis vecinos, personal de aseo, del comercio, colegas, estableciendo relaciones más personales en lugar de meramente funcionales. Duelo por no haberme delimitado desde mi propia conciencia moral, mi propia autenticidad, y haberla transgredido al permitir que esos despojos ocurriesen, por mi ceguera, sordera…No haber hablado, actuado desde mis posibilidades (profesión/trabajo, barrio, habilidades, etc).

Duelo, pues veo que, durante estas últimas décadas, mi horizonte de sentido fue tan superficial, vano, materialista, donde el más frágil de la cadena, no estuvo ante mi mirada. Duelo por mí, por esa pérdida, por un daño que se produjo por mi culpa (también omisión, silencio). Aquí también se perdió un valor. Perdí por un tiempo, lo más valioso que poseo: pérdida de mi mismo.

El Arrepentimiento

Y aparece entonces otra acción: el arrepentimiento para poder elaborar esa culpa. “En el arrepentimiento se trata de reponer el valor propio y los límites en los casos en que uno mismo fue causante de un daño a sí mismo y/o a otro. Uno reconoce y admite que eso no estuvo bien, que fue un error. Y el impulso habitual es al sentimiento de “¡hubiera preferido no hacerlo!”[1]

El arrepentimiento se realiza, en primer lugar, a través de un diálogo interno conmigo mismo sobre la propia forma de actuar. (¿Será que por ese diálogo interior es que nos conectamos con la pena?) Pero el arrepentimiento debe estar respaldado por la propia voluntad, de lo contrario no sucede, y como ya hemos visto, no es creíble, ni recibido por la víctima. ¿Es eso lo que percibo en mí y en algunas y algunos otros?

Tras este “despertar” del que todos hablamos, me dispongo a reconocer y acojo mi sentimiento, cómo me siento respecto al hecho, permito que actúe en la totalidad de la persona, y tomo distancia del propio acto. De esa manera, me saco de allí, me coloco en situación de diálogo con mi ser original, con mi potencialidad originaria.

Y ese acto de encontrarse a sí mismo, me abre a los otros. Chile despertó, casi todos despertamos. Y con ello, también la pena por la pérdida con la que nos contactamos. Darle espacio, para elaborar ese duelo, luego de compadecernos y consolarnos por nuestra pérdida de sí mismo, poder así poder reestablecer la relación con este “yo” más genuino y auténtico.


Ps. Michèle Croquevielle
Psicóloga Clínica y Supervisora certificada
Directora de Instituto Chileno de Análisis Existencial – ICAE)

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